LA AUREOLA DE MISTERIO

Les presento tres fuentes de conocimiento: los libros, la gente y las canciones.

De los libros se aprende que la imaginación es superada por la realidad, que la teoría es superada por la práctica, que el sentimiento supera al pensamiento y la pasión a la dulce tranquilidad.

La gente con sus actos nos enseña que no es tan mala como parece ni tan buena como dice ser. Las personas lo llevan a uno por intrincados túneles con la promesa “conóceme” y no hay otro remedio más que caer rendido ante la última puerta con un cartel sobre ella que dice: “Cuidado, zona de peligro”. La gente da lecciones de paciencia. Necesario es ver, oír y callar. Callar es tan difícil pero se aprende con el tiempo. No por falta de espontaneidad sino de cautela.

He conocido pocas personas espontáneas, ¿será cierto que la máxima expresión de la espontaneidad es la agresividad? La sinceridad es una agresión inoportuna, un arma de doble filo, a las personas sinceras las llaman “conflictivas”. Así las tildarán a menos que aprendan a decir verdades con una expresión dulce, o que las digan como si fuesen un chiste. En el fondo, las personas admiran los sujetos sinceros — y hasta lo envidian.

Desatan la envidia, porque quedar callado como suele hacer todo el mundo es muy fácil, en cambio decir simples verdades — aparentemente — es difícil. A muy pocas personas les gusta ir contra la corriente, ya que no cualquier persona puede afrontar la posibilidad del rechazo…

Me parece tan peculiar la gente con miedo a los enfrentamientos, a desatar posibles polémicas, a no tener la misma opinión del grupo en que se desenvuelve, a ser criticado. Cualquier posibilidad de estas podría ser motivo de aislamiento y pienso que hay que saber estar en soledad. Una cosa es estar aislado y otra cosa, que debe ser triste, es pasar desapercibido, sin dejar huella, pasar la vida cual silla colocada en un rincón.

Las canciones, la tercera fuente, enseñan acerca del amor. Son la Biblia del amor. Hay un tipo de canción conocido como “boleros clásicos” que ilustran anteriores generaciones románticas, con individuos que se enamoraban y así cantaban: al amor, a la mujer, a la belleza. Eran canciones que mostraban todo lo que un hombre o una mujer eran capaces de hacer con tal de tener a su lado al ser amado; se hablaba de sexo pero indirectamente, no como ahora que se hace en modo descarado, casi insolente.

La aureola de misterio se ha ido perdiendo, desdibujando…

Han pasado apenas unos cuantos años desde el año dos mil: ¿podrían ustedes cantarle a su madre esa canción de Felipe Pirela: “El retrato de Mamá”? La conozco de memoria, pero no me atreví a cantársela ni una vez… ella no me lo hubiese perdonado jamás. En una ocasión le regalé un juego de tazas de barro con su colador y lo rechazó diciéndome: “¿En pleno siglo XXI, tú intentas hacerme retroceder a la Prehistoria?”

Psychiatrist & Writer — Writing and meditating at the intersection of psychiatry, philosophy, Buddhism and the arts. More information at www.lidaprypchan.com

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